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Leyenda del Celestino Común

En una humilde vivienda, rodeada por árboles y ríos, vivía una indígena de origen guaraní con su pequeño. El pequeñín, subía hasta las alturas de los árboles para agarrar las frutas, aunque siempre llevaba al menos una naranja, que era su fruto preferido y que tan deliciosamente saboreaba. También admiraba las tardes cuando el sol estaba a punto de perderse más allá del bosque, se ponía a contemplar las bandadas de aves que emprendían vuelo en busca de lugar seguro para pasar la noche, entonces su corazón se llenaba de nostalgia. Hubiera querido ser una de ellas, y volar libremente. No podía comprender por qué no era dueño de aquel espacio libre del que disfrutaban los pájaros. Con frecuencia, se sentía de especie inferior, la más desdichada del bosque.
En esas meditaciones se encontraba cuando le llegó de pronto el grito de su madre, que había llegado a casa sin que él la hubiese visto. Sobresaltado, trató de descender, pero sus pies perdieron apoyó y cayó pesadamente desde las alturas. La madre no pudo escuchar el único quejido de su hijo…
Tupâ había escuchado los deseos del niño y justo en el momento en que sus ojos se cerraron definitivamente, y antes de que su cuerpecito tocara el suelo, se fue transformando, y tomó la figura de un pájaro chogüî. Sobre la cabeza de la madre pasó volando y cantando, para meterse entre la bandada.
Según cuenta la leyenda, aquel niño guaraní, convertido en pajaro chogüí, cada día vuelve a los alrededores de su casa, y mientras la madre va y viene del pueblo a su morada, él canta y picotea las naranjas, que por siempre han sido su fruta preferida